La sala es tan sobria que parece la casa de esa tía lejana que teníamos que visitar a regañadientes cuando éramos pequeños: pocas mesas en un local cuadrado, sillas de madera de línea sencilla con tapicerías claras, un par de óleos sobre muros de un tono aburrido y algún toque color tomate, que no pega mucho. Sin embargo, al sentarme a la mesa sentí bienestar. En una mesa un par de chicos por los treinta y muchos decidían entre varios platos para compartir. Parecían conocer la carta al dedillo. Pedí el menú degustación. Una elección excelente. Primero tres aperturas: sardina marinada rellena de verduritas, jugosa y fresca con el toque vivificante del tomate crudo, que me dejó un rastro de mar en la boca; Tartar de atún, brillante como el rubí, con aire de soja y sésamo que me recordó por qué el atún cotiza en bolsa a precios astronómicos; Y coca de foie con manzana caramelizada, que pasó de inmediato y para siempre a los anales de mis platos favoritos: el foie etéreo y suave, el caramelo y el hojaldre firmes, la manzana en su punto… eché de menos a uno que adoro y que se habría rendido ante este plato. Seguimos con chupito de guisantes tiernos, virutas de naranja y huevas de trucha, que sirvió perfectamente de borrador, con su rastro aromático y dulce al fondo de la boca. Después ensalada de pies de cerdo, chipirones y helado de queso de cabra ¡Qué delicia! Una invitación al juego: meloso, crujiente, untuoso, fresco, profundo, seco, marino, terrestre… mil texturas en la boca mientras intentaba prolongar cada bocado, pero había más: huevo escalfado con trufas, murgulas y espuma de patata: la pasión y el reposo se sucedían en un tempo imperturbable. Aplaudí el orden del menú… cada nuevo plato preservaba las cualidades del anterior. Una tarea difícil en la que muchas degustaciones suspenden. Mi amigo tenía prisa pero aprendió que Caldeni no perdona impaciencias. Seguimos con lomo de corvina asado al carbón con ragout de ceps, espárragos tiernos y berenjena: Pura naturalidad… Para rematar (yo ya muy llena, mi acompañante no se quejó) un tierno y tostado cochinillo con crema helada de mostaza y tagliatelle de mango, que brillaba por los contrastes suaves pero implacables. Lamentablemente hacia el final de la comida un vecino encendió un puro asesino que invadió todo mi espacio… Lamenté que la legislación no fuera más severa. Afortunadamente ya estaba terminando y la huella de magia no alcanzó a borrarse. De postre: torrija ligera con un leve sabor a leche condensada y a bollito dulce. Discreta. La cuenta: 48€ por persona (sin el vino).
Ciudad: Barcelona
Dirección: Valencia, 452.
Teléfono: 93 232 58 11.
Precio medio: 50€ sin vino.
Primera impresión: un lugar imprescindible si quieres aprender a comer como un gourmet. Ambiente reposado que facilita el ritual de la buena mesa.
martes, 24 de julio de 2007
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